lunes, 10 de diciembre de 2012

Ruptura


Después de insultarse mutuamente, ella cerró la puerta y se marchó para siempre. Él, tan insulso como de costumbre, le rogaba arrodillado a la estela de perfume que marcaba el fin de aquella historia y terminaba en el ascensor del noveno piso. Entre lágrimas poco sentidas y mocos abundantes, el pobre diablo pensaba que ya nada era mínimamente importante, que no quería seguir viviendo sin ella, que necesitaba morir para olvidarla. Se levantó, buscó en el cajón inferior de un mueble un anotador que había comprado para su ahora ex novia y allí mismo comenzó a redactar cartas de despedida para amigos, familiares y para la mismísima ingrata.
Consumió dos paquetes de café instantáneo, y después de pasar la madrugada entera sin dormir, dejó sobre la mesa quince hojas que había tomado de la impresora que ella odiaba porque imprimía solo rayitas, por la cual siempre acababan yendo a una librería; con ropa sin planchar se vistió desgarbadamente y bajó. Caminando tropezó con un perro que agonizaba ante la indiferencia de todos en plena calle. A lo largo de las treinta cuadras que lo separaban de la solución a su miserable y asquerosa vida deseó con fehacientes ganas ser aquel paupérrimo animal y poder abandonar así este desagradable mundo en el que le había tocado vivir.
En el trayecto final vio como frente a un hospital público bajaban de una ambulancia un cadáver. Finalmente entró en una ferretería en donde nadie lo conocía, y realizó sus compras. Una soga, una escalera y veneno para ratas. Pagó con su tarjeta de crédito y se despidió amablemente, esta vez decidió volver a su departamento tomando otro camino ya que había leído que cambiar abruptamente de costumbres rutinarias era castigado por el karma. Tal vez algún descuidado conductor lo arrollaría y entonces él no tendría que recurrir al suicidio. Desafortunadamente ningún auto lo mató, de hecho casi no transitaban vehículos por aquella zona.
Sentada en la vereda de un bar estaba ella, y un hombre mil veces más apuesto que él la acompañaba. Sintió ganas de cruzar y golpear al tipo, pero no creía poder ganarle, por lo que simplemente continúo su marcha, ya tendrían tristes noticias sobre él. Mientras se imaginaba flotando sin vida en el río, ingreso en el oscuro puente. La ausencia de luz lo asustó un poco, pero el revólver que alguien que salía desde las sombras puso en su espalda definitivamente lo paralizó. Paradójicamente le rezaba a dios y le pedía que no lo mataran.
El ladrón le quitó violentamente los insumos que él iba a utilizar para quitarse la vida, le pegó con el arma en la cabeza y una vez que cayó inconsciente al suelo, lo tiró en las verdosas aguas del río de la ciudad. Muchos pensaron que quizás herido por la ruptura amorosa él había decidido morir ahogado, nadie supo que un ladrón anónimo lo había hecho volver atrás en sus suicidas decisiones. Desafortunadamente el ladrón desconocía las intenciones de él.

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