Después de insultarse mutuamente,
ella cerró la puerta y se marchó para siempre. Él, tan insulso como de
costumbre, le rogaba arrodillado a la estela de perfume que marcaba el fin de
aquella historia y terminaba en el ascensor del noveno piso. Entre lágrimas
poco sentidas y mocos abundantes, el pobre diablo pensaba que ya nada era
mínimamente importante, que no quería seguir viviendo sin ella, que necesitaba
morir para olvidarla. Se levantó, buscó en el cajón inferior de un mueble un
anotador que había comprado para su ahora ex novia y allí mismo comenzó a
redactar cartas de despedida para amigos, familiares y para la mismísima
ingrata.
Consumió dos paquetes de café
instantáneo, y después de pasar la madrugada entera sin dormir, dejó sobre la
mesa quince hojas que había tomado de la impresora que ella odiaba porque
imprimía solo rayitas, por la cual siempre acababan yendo a una librería; con
ropa sin planchar se vistió desgarbadamente y bajó. Caminando tropezó con un
perro que agonizaba ante la indiferencia de todos en plena calle. A lo largo de
las treinta cuadras que lo separaban de la solución a su miserable y asquerosa
vida deseó con fehacientes ganas ser aquel paupérrimo animal y poder abandonar
así este desagradable mundo en el que le había tocado vivir.
En el trayecto final vio como frente
a un hospital público bajaban de una ambulancia un cadáver. Finalmente entró en
una ferretería en donde nadie lo conocía, y realizó sus compras. Una soga, una
escalera y veneno para ratas. Pagó con su tarjeta de crédito y se despidió
amablemente, esta vez decidió volver a su departamento tomando otro camino ya
que había leído que cambiar abruptamente de costumbres rutinarias era castigado
por el karma. Tal vez algún descuidado conductor lo arrollaría y entonces él no
tendría que recurrir al suicidio. Desafortunadamente ningún auto lo mató, de
hecho casi no transitaban vehículos por aquella zona.
Sentada en la vereda de un bar estaba
ella, y un hombre mil veces más apuesto que él la acompañaba. Sintió ganas de
cruzar y golpear al tipo, pero no creía poder ganarle, por lo que simplemente
continúo su marcha, ya tendrían tristes noticias sobre él. Mientras se
imaginaba flotando sin vida en el río, ingreso en el oscuro puente. La ausencia
de luz lo asustó un poco, pero el revólver que alguien que salía desde las
sombras puso en su espalda definitivamente lo paralizó. Paradójicamente le
rezaba a dios y le pedía que no lo mataran.
El ladrón le quitó violentamente los
insumos que él iba a utilizar para quitarse la vida, le pegó con el arma en la
cabeza y una vez que cayó inconsciente al suelo, lo tiró en las verdosas aguas
del río de la ciudad. Muchos pensaron que quizás herido por la ruptura amorosa
él había decidido morir ahogado, nadie supo que un ladrón anónimo lo había hecho
volver atrás en sus suicidas decisiones. Desafortunadamente el ladrón
desconocía las intenciones de él.
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