Al principio fue solo un cosquilleo
interno que al señor Prado no le preocupo, un escalofrío tal vez. La tediosa
tarde oficinista continuo con su ritmo acelerado y sin rumbo cierto, cada uno
se ocupaba de sus deberes monótonamente. Nadie hubiera podido contar sucesos
increíbles al regresar a su casa de no haber sido por aquel pobre infeliz, el
energúmeno de Prado. Soltero, cincuenta años, triste, solitario, amarrete,
aburrido, así era él.
A las tres de la tarde, mientras
todos simulaban realizar sus tareas y en realidad tomaban siestas en sus
cubículos, Etelvino Prado cayó de bruces en el pasillo de la oficina. En un
primer momento permaneció inmóvil, pero al cabo de un par de minutos comenzó a
vibrar en su lugar. Se tragó el celular opinó la nueva secretaria. No había
tiempo para reírse.
La ambulancia no llegaba, Prado
vibraba sin parar en el suelo y nadie sabía qué hacer. Entre varios compañeros
lo dieron vuelta, boca arriba, y en ese preciso momento la vibración aumentó,
el cuerpo de Prado se desplazaba lentamente por el piso debido a las ondas
vibratorias que de su interior emanaban. Con un pedazo de cinta lo sujetaron al
pie de un escritorio para que no se les fuera vibrando por las escaleras.
Un médico entró corriendo a la
oficina y acompañado de camilleros quisieron levantar al pobre desgraciado de
Prado, y cuando el cuerpo estaba suspendido en el aire, por la boca de Etelvino
un par de antenas se asomaron, las siguieron unas asquerosas patas, un par de
alas y finalmente una infinidad de cucarachas salieron volando de allí.
Al parecer el oficinista había
consumido una hamburguesa en mal estado.