miércoles, 20 de febrero de 2013

El Sr. Prado


Al principio fue solo un cosquilleo interno que al señor Prado no le preocupo, un escalofrío tal vez. La tediosa tarde oficinista continuo con su ritmo acelerado y sin rumbo cierto, cada uno se ocupaba de sus deberes monótonamente. Nadie hubiera podido contar sucesos increíbles al regresar a su casa de no haber sido por aquel pobre infeliz, el energúmeno de Prado. Soltero, cincuenta años, triste, solitario, amarrete, aburrido, así era él.

A las tres de la tarde, mientras todos simulaban realizar sus tareas y en realidad tomaban siestas en sus cubículos, Etelvino Prado cayó de bruces en el pasillo de la oficina. En un primer momento permaneció inmóvil, pero al cabo de un par de minutos comenzó a vibrar en su lugar. Se tragó el celular opinó la nueva secretaria. No había tiempo para reírse.

La ambulancia no llegaba, Prado vibraba sin parar en el suelo y nadie sabía qué hacer. Entre varios compañeros lo dieron vuelta, boca arriba, y en ese preciso momento la vibración aumentó, el cuerpo de Prado se desplazaba lentamente por el piso debido a las ondas vibratorias que de su interior emanaban. Con un pedazo de cinta lo sujetaron al pie de un escritorio para que no se les fuera vibrando por las escaleras.

Un médico entró corriendo a la oficina y acompañado de camilleros quisieron levantar al pobre desgraciado de Prado, y cuando el cuerpo estaba suspendido en el aire, por la boca de Etelvino un par de antenas se asomaron, las siguieron unas asquerosas patas, un par de alas y finalmente una infinidad de cucarachas salieron volando de allí.

Al parecer el oficinista había consumido una hamburguesa en mal estado.

lunes, 11 de febrero de 2013

Elecciones


Casi veinte años después del último y funesto encuentro, volvían a verse. Los años habían dejado claras huellas en sus rostros. Arrugas, manchas, olvidos, remordimientos y odios eran los causantes de tal erosión en sus caras y sentimientos. La calle, ahora iluminada de manera acertada, ya no permitía encuentros en las sombras nocturnas. El progreso ocultaba la antigua fisonomía del lugar. 
Se mantenían en silencio, ninguno se sentía capaz de iniciar la conversación. Se contemplaron por más de una hora, y sin pronunciar palabra alguna se marcharon en direcciones opuestas. En lo profundo de sus reflexiones se arrepentían de no haberse elegido a tiempo.