Un perro callejero entró corriendo a la iglesia, ladraba, saltaba y se revolcaba desenfrenadamente. Se escabulló bajo el altar, y al salir llevaba en su hocico varios dólares. El cura asustado se desmayó, no estaba preparado para explicarle a los concurrentes con que artilugio el diablo había poseído a aquel inocente animal abandonado, y peor aun, de donde salía la mundana plata que arrastraba consigo.
Las infames señoras del coro -que se habían ganado el cielo por sus caritativas obras- huían despavoridas.
Las infames señoras del coro -que se habían ganado el cielo por sus caritativas obras- huían despavoridas.
Los grandes señores de las primeras filas, quienes todavía no habían podido lavar culpas por sus dudosos negocios, se preocuparon verdaderamente ¿Cómo iban a ser eximidos de sus pecados si la celebración era suspendida? El próximo domingo donarían un poco más, al fin y al cabo dios no cobraba intereses por atraso.
Los del medio no sabían que ocurría, pero no perdieron el tiempo y comenzaron a imitar a los de más adelante. Sólo los relegados del fondo rieron con la irrupción del perro. Finalmente el animal salió, una señora despeinada y canosa lo perseguía tratando de quitarle los dólares. Recobrando las fuerzas como pudo, el célebre párroco se puso de pie y realizó él mismo la colecta del día. Nadie quedaría fuera del reino de dios.
Así transcurrió un domingo más en algún recóndito y católico lugar.