viernes, 31 de mayo de 2013

XVII

Un perro callejero entró corriendo a la iglesia, ladraba, saltaba y se revolcaba desenfrenadamente. Se escabulló bajo el altar, y al salir llevaba en su hocico varios dólares. El cura asustado se desmayó, no estaba preparado para explicarle a los concurrentes con que artilugio el diablo había poseído a aquel inocente animal abandonado, y peor aun, de donde salía la mundana plata que arrastraba consigo.
Las infames señoras del coro -que se habían ganado el cielo por sus caritativas obras- huían despavoridas.
Los grandes señores de las primeras filas, quienes todavía no habían podido lavar culpas por sus dudosos negocios, se preocuparon verdaderamente ¿Cómo iban a ser eximidos de sus pecados si la celebración era suspendida? El próximo domingo donarían un poco más, al fin y al cabo dios no cobraba intereses por atraso.
Los del medio no sabían que ocurría, pero no perdieron el tiempo y comenzaron a imitar a los de más adelante. Sólo los relegados del fondo rieron con la irrupción del perro. Finalmente el animal salió, una señora despeinada y canosa lo perseguía tratando de quitarle los dólares. Recobrando las fuerzas como pudo, el célebre párroco se puso de pie y realizó él mismo la colecta del día. Nadie quedaría fuera del reino de dios.
Así transcurrió un domingo más en algún recóndito y católico lugar.

miércoles, 29 de mayo de 2013

XVI


La sombra se acercó al banco de la plaza en el que solía sentarse, estaba vacío. No recordaba de manera exacta cuantos años había pasado sentada bajo aquél par de árboles, pero de lo que sí estaba segura es que ahí se habían sucedido sus días más gloriosos. Días buenos, malos, calurosos, fríos, lluviosos, ventosos, iguales, irrepetibles, aburridos, divertidos, cargados sobre chismes, completamente silenciosos y sin nada por decir.
La pintura estaba fresca, y en ajetreo de cruzar la calle y evitar que la atropellaran, no había visto el cartel que anunciaba “banco recién pintado”. Se reprochó a sí misma el error y se cambió de banco. La viejita que alimentaba a las palomas, su compañera de banco también, sí se percató del cartel y se acomodó junto a la sombra en el banco contiguo.

¿Era acaso posible que Herminia no reconociera a su amiga de la infancia? Sí, lo era. Hipólita había muerto dos semanas atrás mientras alimentaba a las palomas, sentada en ése mismo banco.

viernes, 17 de mayo de 2013

XV

El monstruo lloraba. Escupía y vomitaba sandeces. Estaba herido, herido en su orgullo y no podía tolerarlo. Recriminaba, actuaba, había visto muchas novelas. Se decía bueno y cuasihumano. Nadie le creía. Llamó a la policía. Eran sus marionetas. Mataron a uno más. El despeinado monstruo se retiró a su lujosa cueva.

jueves, 16 de mayo de 2013

XIV

Volví a entrar. Afuera el frío matizaba la monótona madrugada del domingo. Ni un sólo auto transitaba por las calles, nada, nadie. Diez minutos pasé observando la silueta que la sombra de aquella mano dibujaba en la pared, era extrañamente conocida, de eso estaba seguro. En un costado yacía el libro manchado. En el otro, el cadáver.
Me apuré a salir del departamento, en cualquier momento llegaría la policía y yo realmente no deseaba que me encontraran ahí. Me metí en el ascensor.
Tres años después, aun sigo preguntándome si fue correcto suicidarme un domingo.

viernes, 3 de mayo de 2013

XIII

Un mundo rojo en su totalidad, que albergaba gente incolora. Personas normales que no se contaminaban de  perversos colores, sólo los desgraciados contracorrentistas recibían a modo de castigo puntos en sus incoloras pieles. Esos puntos comenzaban a expandirse lentamente y terminaban por colorearlos. Los infectados eran eliminados. Fulminados. Prefiero ser ejecutado por estas manchas que me brotan que vivir siendo invisible, declaró uno antes de ser quemado en la plaza pública.