martes, 28 de febrero de 2012

Bodas de Plata

El té se enfriaba lentamente sobre la mesa de roble que su suegra le había obsequiado el día de su casamiento. La misma le había dicho casi susurrando durante la cena que ese mueble sería lo único de valor que tendría en toda su vida, y que a pesar de la que la odiaba en lo más profundo de su ser por llevarse a Oscar, su hijo, estaba plenamente convencida que tarde o temprano su matrimonio acabaría. 

Susana aún recordaba ese momento y se le venía a la mente el recuerdo de su madre diciéndole antes de entrar a la iglesia que no lo hiciera, que aunque no quisiera reconocerlo "la sangre siempre tira".


En la vieja y destartalada fonola, herencia de su abuela, sonaba con más fuerza que nunca "El Danubio Azul"; y mientras tomaba un sorbo de té se movía al compás de la música. Parecía que no hubiesen pasado veinticinco años de aquél magistral vals con su marido, digno de la realeza europea. Esta imagen reemplazaba el mal momento que sus marginales parientes y amigos la habían hacho pasar en su propia fiesta de casamiento. Los odiaba.

Miró el reloj, el tiempo pasaba volando y tenía cosas que hacer. Limpió, cocinó, lustró muebles y pisos, y después de planchar se puso su par de guantes preferido, buscó un balde y un trapo. Ahora debía tratar de quitar las manchas de sangre que Oscar había hecho al caer luego de las 25 puñaladas que ella le había propinado. Le sonrió al cadáver y en voz alta le dijo: "Felices bodas de plata querido".

viernes, 17 de febrero de 2012

Sign out

Nadie iba a encontrarlos, era imposible hacerlo. Sus vidas habían permanecido ocultas por siglos, no porque ellos quisieran, si no porque el aislamiento que los rodeaba era tal que durante toda la existencia humana ni un solo ser vivo pudo entrar en aquél recóndito espacio que formaba parte del patrimonio de ese reducido grupo de hombres y mujeres.

Las teorías sobre como habían logrado establecerse allí no se podían contar con los dedos de manos y pies, solo sabían que sus antepasados eran los creadores de la inmensa telaraña que habitaban hoy, y que miles de siglos atrás durante la tercera guerra mundial unos pocos habían escapado creyendo que se acababa la vida en la tierra. Ellos no supieron que las cosas en el planeta habían mejorado y que ya no quedaban vestigios de tal enfrentamiento. Comenzaba una nueva etapa.

Para resguardar su mundo, uno de ellos cerró sesión. Nadie podría encontrarlos inmersos en la red.