Un escalofrío atravesó su espina dorsal. Aún continuaba sin procesar aquello. Cada vez que se detenía a pensar en esos ciento ochenta y seis ojos que estaban expectantes de sus actos no lograba conciliar el sueño durante toda la noche. Se retorcía horrorizado, casi podía escuchar la sórdida respiración de aquellas extrañas noventa y tres narices. Se sentía inseguro. Resonaba en sus oídos el teclear de novecientos treinta dedos que buscaban de manera vehemente conocer su intimidad. Era una verdadera conspiración en su contra, tal vez querrían asesinarlo brutalmente para luego deshacerse del cuerpo en algún barranco. Jamás podría contra la fuerza de noventa y tres cerebros unidos en pos de su destrucción. ¿Quién podría contrarrestar a nueve mil trescientos millones de neuronas que pretendían fulminarlo? No les daría con el gusto, no les permitiría que fueran ellos quienes lo exterminaran. Tomó noventa y dos pastillas para dormir. No despertó nunca más. Sus noventa y tres infames seguidores de twitter nunca supieron sobre su muerte, es más nunca supieron quien era él.
domingo, 25 de marzo de 2012
lunes, 19 de marzo de 2012
Santo lenocinio
La estela de infelicidad que la había acompañado durante el transcurso de su pusilánime vida parecía agigantarse abismalmente. No tenía nada. No tenía a nadie. No supo que era un abrazo, una palabra amable o un buen trato hasta que lo conoció a él. Era según sus compañeras de trabajo "el raro", el que les pagaba por hablar y no por tener sexo. Era de los que valían la pena.
†
Lloraba desconsoladamente mientras terminaba de quitarse la última de las arterías. Ahora solo le restaba sacar su corazón, ese músculo asqueroso gracias al cual seguía viva. Buscó un lugar en el freezer de su heladera y mientras lo hacía pensaba en aquél día en que el sacerdote del orfanato les había hablado de los pecadores y los pecados; recordaba con exactitud las facciones de la cara de ese horrible anciano en el momento en que gritaba desaforadamente que las prostitutas y los homosexuales se irían directamente al infierno, que eran una abominación a la vida. Terminó de guardar a ese maltratado órgano. No quería sentir como latía en su pecho nunca más.
†
Le compró quince gramos a su dealer. Se dirigió al interior de su departamento. Se sentía defraudada de ese buen hombre que después de hablar un buen tiempo con ella la había abandonado por la nueva. También sentía repudio por aquél otro buen hombre religioso que vivía en una enorme iglesia de mármol rodeado de lujos y sin tener siquiera la más mínima idea de como sucedían las cosas allá afuera. Entró. No quería salir nunca más.
†
Lloraba desconsoladamente mientras terminaba de quitarse la última de las arterías. Ahora solo le restaba sacar su corazón, ese músculo asqueroso gracias al cual seguía viva. Buscó un lugar en el freezer de su heladera y mientras lo hacía pensaba en aquél día en que el sacerdote del orfanato les había hablado de los pecadores y los pecados; recordaba con exactitud las facciones de la cara de ese horrible anciano en el momento en que gritaba desaforadamente que las prostitutas y los homosexuales se irían directamente al infierno, que eran una abominación a la vida. Terminó de guardar a ese maltratado órgano. No quería sentir como latía en su pecho nunca más.
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Le compró quince gramos a su dealer. Se dirigió al interior de su departamento. Se sentía defraudada de ese buen hombre que después de hablar un buen tiempo con ella la había abandonado por la nueva. También sentía repudio por aquél otro buen hombre religioso que vivía en una enorme iglesia de mármol rodeado de lujos y sin tener siquiera la más mínima idea de como sucedían las cosas allá afuera. Entró. No quería salir nunca más.
martes, 13 de marzo de 2012
Sincretismo
Un gusano de aproximadamente quince centímetros de longitud recorría su putrefacto cerebro desde hacía varios días. Había nacido allí, pero a diferencia de los demás, que lo habían abandonado apenas eclosionados, éste estaba radicado en el interior de su cráneo. Ya no tendría que soportar el encierro del ataúd en soledad.
Parecía un buen gusano. Claro que la compañía de su anélido amigo no era gratuita, a cambio él devoraba violentamente minuto a minuto sus células nerviosas.
Sus recuerdos se fueron desvaneciendo, y luego de un tiempo solo sabía su nombre.
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Parecía un buen gusano. Claro que la compañía de su anélido amigo no era gratuita, a cambio él devoraba violentamente minuto a minuto sus células nerviosas.
Sus recuerdos se fueron desvaneciendo, y luego de un tiempo solo sabía su nombre.
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Una fría mañana de Junio notó que su ocupante había muerto. Volvía a estar solo en su mundo de mortajas. Paradójicamente.
Cuando ya no supo quién era a causa de su simbiótica relación con aquél gusano, el también murió. Se encontró muerto en la muerte. Era la nada ocupada por cientos de larvas.
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