Un escalofrío atravesó su espina dorsal. Aún continuaba sin procesar aquello. Cada vez que se detenía a pensar en esos ciento ochenta y seis ojos que estaban expectantes de sus actos no lograba conciliar el sueño durante toda la noche. Se retorcía horrorizado, casi podía escuchar la sórdida respiración de aquellas extrañas noventa y tres narices. Se sentía inseguro. Resonaba en sus oídos el teclear de novecientos treinta dedos que buscaban de manera vehemente conocer su intimidad. Era una verdadera conspiración en su contra, tal vez querrían asesinarlo brutalmente para luego deshacerse del cuerpo en algún barranco. Jamás podría contra la fuerza de noventa y tres cerebros unidos en pos de su destrucción. ¿Quién podría contrarrestar a nueve mil trescientos millones de neuronas que pretendían fulminarlo? No les daría con el gusto, no les permitiría que fueran ellos quienes lo exterminaran. Tomó noventa y dos pastillas para dormir. No despertó nunca más. Sus noventa y tres infames seguidores de twitter nunca supieron sobre su muerte, es más nunca supieron quien era él.
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