La estela de infelicidad que la había acompañado durante el transcurso de su pusilánime vida parecía agigantarse abismalmente. No tenía nada. No tenía a nadie. No supo que era un abrazo, una palabra amable o un buen trato hasta que lo conoció a él. Era según sus compañeras de trabajo "el raro", el que les pagaba por hablar y no por tener sexo. Era de los que valían la pena.
†
Lloraba desconsoladamente mientras terminaba de quitarse la última de las arterías. Ahora solo le restaba sacar su corazón, ese músculo asqueroso gracias al cual seguía viva. Buscó un lugar en el freezer de su heladera y mientras lo hacía pensaba en aquél día en que el sacerdote del orfanato les había hablado de los pecadores y los pecados; recordaba con exactitud las facciones de la cara de ese horrible anciano en el momento en que gritaba desaforadamente que las prostitutas y los homosexuales se irían directamente al infierno, que eran una abominación a la vida. Terminó de guardar a ese maltratado órgano. No quería sentir como latía en su pecho nunca más.
†
Le compró quince gramos a su dealer. Se dirigió al interior de su departamento. Se sentía defraudada de ese buen hombre que después de hablar un buen tiempo con ella la había abandonado por la nueva. También sentía repudio por aquél otro buen hombre religioso que vivía en una enorme iglesia de mármol rodeado de lujos y sin tener siquiera la más mínima idea de como sucedían las cosas allá afuera. Entró. No quería salir nunca más.
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Lloraba desconsoladamente mientras terminaba de quitarse la última de las arterías. Ahora solo le restaba sacar su corazón, ese músculo asqueroso gracias al cual seguía viva. Buscó un lugar en el freezer de su heladera y mientras lo hacía pensaba en aquél día en que el sacerdote del orfanato les había hablado de los pecadores y los pecados; recordaba con exactitud las facciones de la cara de ese horrible anciano en el momento en que gritaba desaforadamente que las prostitutas y los homosexuales se irían directamente al infierno, que eran una abominación a la vida. Terminó de guardar a ese maltratado órgano. No quería sentir como latía en su pecho nunca más.
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Le compró quince gramos a su dealer. Se dirigió al interior de su departamento. Se sentía defraudada de ese buen hombre que después de hablar un buen tiempo con ella la había abandonado por la nueva. También sentía repudio por aquél otro buen hombre religioso que vivía en una enorme iglesia de mármol rodeado de lujos y sin tener siquiera la más mínima idea de como sucedían las cosas allá afuera. Entró. No quería salir nunca más.
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