martes, 28 de febrero de 2012

Bodas de Plata

El té se enfriaba lentamente sobre la mesa de roble que su suegra le había obsequiado el día de su casamiento. La misma le había dicho casi susurrando durante la cena que ese mueble sería lo único de valor que tendría en toda su vida, y que a pesar de la que la odiaba en lo más profundo de su ser por llevarse a Oscar, su hijo, estaba plenamente convencida que tarde o temprano su matrimonio acabaría. 

Susana aún recordaba ese momento y se le venía a la mente el recuerdo de su madre diciéndole antes de entrar a la iglesia que no lo hiciera, que aunque no quisiera reconocerlo "la sangre siempre tira".


En la vieja y destartalada fonola, herencia de su abuela, sonaba con más fuerza que nunca "El Danubio Azul"; y mientras tomaba un sorbo de té se movía al compás de la música. Parecía que no hubiesen pasado veinticinco años de aquél magistral vals con su marido, digno de la realeza europea. Esta imagen reemplazaba el mal momento que sus marginales parientes y amigos la habían hacho pasar en su propia fiesta de casamiento. Los odiaba.

Miró el reloj, el tiempo pasaba volando y tenía cosas que hacer. Limpió, cocinó, lustró muebles y pisos, y después de planchar se puso su par de guantes preferido, buscó un balde y un trapo. Ahora debía tratar de quitar las manchas de sangre que Oscar había hecho al caer luego de las 25 puñaladas que ella le había propinado. Le sonrió al cadáver y en voz alta le dijo: "Felices bodas de plata querido".

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