El monstruo lloraba. Escupía y vomitaba sandeces. Estaba herido, herido en su orgullo y no podía tolerarlo. Recriminaba, actuaba, había visto muchas novelas. Se decía bueno y cuasihumano. Nadie le creía. Llamó a la policía. Eran sus marionetas. Mataron a uno más. El despeinado monstruo se retiró a su lujosa cueva.
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