Volví a entrar. Afuera el frío matizaba la monótona madrugada del domingo. Ni un sólo auto transitaba por las calles, nada, nadie. Diez minutos pasé observando la silueta que la sombra de aquella mano dibujaba en la pared, era extrañamente conocida, de eso estaba seguro. En un costado yacía el libro manchado. En el otro, el cadáver.
Me apuré a salir del departamento, en cualquier momento llegaría la policía y yo realmente no deseaba que me encontraran ahí. Me metí en el ascensor.
Tres años después, aun sigo preguntándome si fue correcto suicidarme un domingo.
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