miércoles, 29 de mayo de 2013

XVI


La sombra se acercó al banco de la plaza en el que solía sentarse, estaba vacío. No recordaba de manera exacta cuantos años había pasado sentada bajo aquél par de árboles, pero de lo que sí estaba segura es que ahí se habían sucedido sus días más gloriosos. Días buenos, malos, calurosos, fríos, lluviosos, ventosos, iguales, irrepetibles, aburridos, divertidos, cargados sobre chismes, completamente silenciosos y sin nada por decir.
La pintura estaba fresca, y en ajetreo de cruzar la calle y evitar que la atropellaran, no había visto el cartel que anunciaba “banco recién pintado”. Se reprochó a sí misma el error y se cambió de banco. La viejita que alimentaba a las palomas, su compañera de banco también, sí se percató del cartel y se acomodó junto a la sombra en el banco contiguo.

¿Era acaso posible que Herminia no reconociera a su amiga de la infancia? Sí, lo era. Hipólita había muerto dos semanas atrás mientras alimentaba a las palomas, sentada en ése mismo banco.

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