La sombra se acercó al banco de
la plaza en el que solía sentarse, estaba vacío. No recordaba de manera exacta
cuantos años había pasado sentada bajo aquél par de árboles, pero de lo que sí
estaba segura es que ahí se habían sucedido sus días más gloriosos. Días
buenos, malos, calurosos, fríos, lluviosos, ventosos, iguales, irrepetibles,
aburridos, divertidos, cargados sobre chismes, completamente silenciosos y sin
nada por decir.
La pintura estaba fresca, y en
ajetreo de cruzar la calle y evitar que la atropellaran, no había visto el
cartel que anunciaba “banco recién pintado”. Se reprochó a sí misma el error y
se cambió de banco. La viejita que alimentaba a las palomas, su compañera de
banco también, sí se percató del cartel y se acomodó junto a la sombra en el
banco contiguo.
¿Era acaso posible que Herminia no reconociera a su amiga de la infancia? Sí, lo era. Hipólita había muerto dos semanas atrás mientras alimentaba a las palomas, sentada en ése mismo banco.
¿Era acaso posible que Herminia no reconociera a su amiga de la infancia? Sí, lo era. Hipólita había muerto dos semanas atrás mientras alimentaba a las palomas, sentada en ése mismo banco.
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