Sin anestesia arrancó los ojos,
los metió en una olla de acero.
Leyendo el pueril horóscopo supo,
aquel día no era de buen agüero.
aquel día no era de buen agüero.
Tan grande su doméstica miseria
que ni agua tenía para cocer.
Pues en lo de otra funesta
mujer,
en el inodoro lograron que hierva.
Morcillas de omnipotente odio
con la impúdica sangre del difunto
hizo para los borrachos enjutos,
y con suave maldad comerlas los vio.
El resto a los sarnosos perros tiró,
de la ropa ensangrentada se deshizo,
fugaz a la comisaria llamó,
y a su ausentado marido reportó.
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