"La felicidad es un camino que se construye con amor, solidaridad, autoestima, empatía y asertividad" había leído Matilde el día anterior a su cumpleaños número quince. Alberto vendría a saludarla y ella debía confesarle que esperaba un hijo de él. Sabía que justo en ese momento comenzaba su debacle.
Pasos difuminados por toda la habitación. En medio de aquel desorden y entre tantas manchas de sangre, aún se mantenía en pie la foto familiar. Sin dudas el verano del noventa y cinco había sido el mejor, las sonrisas en sus rostros lo evidenciaban. Alberto había perdido el rumbo y su mujer no dudaba en reprochárselo. "Sos un inútil, un bueno para nada" le había gritado frente a sus tres hijos. La humillación era el escudo y el estandarte de la frígida mujer que nunca había complacido a su marido en la cama, y sin embargo había engendrado tres futuros idiotas y no escatimaba en insultos degradantes para con su esposo.
Como hijo mayor, Roberto, era el preferido de sus padres y por ende tenía permitido ser un fracaso en vida. En cambio Esteban, el segundo, cargaba con el peso de no ser querido, era ignorado casi por completo. Marta, la menor y la menos deseada de todos, era hábil para obtener lo que quisiera de su padre y no así de su madre. Podría decirse que la Sra. López y su hija se odiaban profundamente
La policía determinaba el perímetro de investigación en medio del living de los López. Unas cuantas marcas de manos sangrientas en la pared norte llamaron la atención del oficial. Tratar de reconstruir la escena de la tragedia le resultaba verdaderamente difícil. Uno de los bomberos que había acudido a brindar su ayuda, que ya nadie precisaba, se desmayó y debió ser atendido por el médico al tocar sin darse cuenta la cabeza de la Sra. López, la cual pendía del techo sobre la araña francesa del siglo quince. Era un gran enigma lo que allí había acontecido, si parecían una familia feliz y normal.
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