Era la quinta botella de vodka que tomaba en la semana y no planeaba detenerse. Una especie de borrachera consciente la dominaba, la conducía y la acompañaba en su eterna soledad. Sus amigos no la habían comprendido ni un poco, y ahora ella estaba tirada, olvidada, enterrada, superada. Hacia el pasillo de aquel diminuto departamento, salía una melodía teñida de profundo dolor. La borracha está cantando otra vez decían algunos. Las simples palabras pronunciadas ya no eran suficiente, necesitaba cantar. Y como si alguien hubiera predicho que eso sucedería tarde o temprano, ella cantó para siempre.
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