El sujeto gris caminaba preocupado sin dirección aparente, realmente no sabia a donde se dirigía. Una señora no lo distinguió en el cruento retrato de cemento urbano y tropezó con él, se pidieron disculpas mutuamente y cada uno marcho según su camino. En un bar anónimo, varios sujetos desteñidos ruñaban verbalmente sobre la vida y se herían unos a otros. No quiero ser como ellos. Más adelante, en una senda peatonal, una multitud globalizada se movía al unísono y compartían con sus amigos virtuales pensamientos. Pensamientos inteligentes, superficiales, comprometidos, innecesarios, sinceros, grises. Los superó y avanzó. Una señora mayor pedía limosnas en la vereda de una lujosa iglesia que permanecía cerrada para evitar saqueos. Las arrugas en el rostro de la mujer dibujaban el mapa de un laberinto sin salida. Suspiró, el grisáceo que lo caracterizaba estaba oscureciéndose. Entró en un edificio. Sutiles explosiones multicolores sacudieron su cuerpo. Un color vital inundó sus ojos y comenzó a destellar rayos de pálida alegría. Posó su mano en la manija y abrió la puerta. El proceso se aceleró, los colores se potenciaron y se dibujó en aquella cara indefinida una sonrisa. El sujeto ya no era gris, sólo era un hombre que volvía de su rutinario encierro laboral y estaba recobrándose. Era un hombre que vivía en la tortuosa situación de no abandonar la escala cromática por más de ocho horas al día.
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