La
vereda mojada atestiguaba el intempestivo paso de una tormenta de poca monta.
Un grupo de ancianos salía a regocijarse, a sentirse vivos aunque sea unos
minutos más, y una brisa pegajosa abrazaba a todos por igual. Hacía casi un año
que ellos ya no se frecuentaban y en estos días era inevitable recordar.
Lágrimas en vano, mentiras, cuasi promesas, gritos, indiferencia, desamor como
resultado. París habría solucionado sus problemas, pero él era un muerto de
hambre que no podía costear el viaje. Si tan solo hubiera escuchado a su madre
cuando se lo repetía diariamente.
El
ambiente pseudo liberal de la universidad había funcionado perfectamente como
imán para los dos. Marcaron sus pieles, se descubrieron y se exploraron.
También cancelaron el desarrollo de un feto, la vida les prometía demasiado.
Bailaron, tomaron y fumaron de a dos, nada se le comparaba. Tu inteligencia me
enamora, le había dicho ella. Él se sentía omnipotente, el más afortunado.
Cuando ella lo abandonó por el profesor de filosofía, él recapacitó y notó que
había alguien aun más inteligente.
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