Tres pasos. Sólo tres ínfimos pasos
los separaban, simular que no se veían sería una estupidez. Él, corroído por el
transcurso del tiempo, mantenía sus ojos fijos en los de ella. La voz casi
imperceptible de la secretaría llamó, el cincuenta y dos debía pasar. Ella
tenía el cincuenta y dos, él también. Ocurrió un error -sentenció la ineficaz
mujer- ¿Cuál de los dos va a pasar primero? ¿Usted Señora? ¿Señor? Ninguno
contestó. Salieron.
La embriagada voz de Amy sonaba en la
radio del bar al que decidieron entrar. Se contemplaron intensamente. No se
atrevían a interrumpir el silencio. Él tartamudeo, no podía empezar. Ella se
dio cuenta.
-Yo…
-Vos,
-Nosotros…
-¿El doctor
Ramírez…?
-Sí.
¿También es el tuyo?
-Sí.
-Parecíamos
tan sanos.
-Éramos.
-¿En dónde
ten…?
Eso ya no
tenía importancia. Después de veinte años el cáncer los reunía en la sala de
espera del oncólogo en común.
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