sábado, 12 de octubre de 2013

Jubilación

El tren de las siete llegaba puntual, la gente se aglomeraba para subir y los que bajaban quedaron atrapados. Una repugnante marea de gente, gritos y olores. Corrió las cortinas y volvió a su tarea, era su último día de trabajo, al día siguiente recibiría su jubilación. No la anhelaba, ahora se sentía inútil, vieja. Habían pasado treinta años desde su primera experiencia como docente. 
Trescientos cincuenta cupckes horneados, esa era su forma de despedirse para siempre de la institución a la que había entregado su juventud, su vida. Terminó de guardarlos de forma metódica y ordenada, y salió camino a su trabajo. Sobre la mesa de su casa, en un frasco azul sin etiqueta, dejó olvidado sin tapar el arsénico.

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