domingo, 6 de mayo de 2012

Desatino

Caminó ciento cincuenta y cinco kilómetros. Sus pies sangraron durante un par de días, luego solo se habituaron al deterioro diario que producía la caminata. Terminó por perder sus dedos. No sentía nada; el dolor no lo sucumbió.

Detenerse significaría morir. Alguien podía reconocerlo y tratar de capturarlo. No soportaba la idea de perder su preciada vida en manos de cualquier furibundo ignorante que marchaba en búsqueda de "justicia". Los rostros de aquellos energúmenos por los que había sacrificado todo se entremezclaban, y quería vomitar. Quería vomitarlos.

No comprendía, no entendía. Ni siquiera cabía en su prodigiosa mente como lo juzgaban de esa manera. ¿Cómo osaban siquiera levantar carteles y pancartas? ¿Atroz? ¿Desalmado? ¿Monstruo? ¿Sanguinario? ¿Repugnante? ¿Asesino? ¿Inhumano?. Falacias, puras falacias. Ciegos y desagradecidos. Necios todos.

Él era irrefutablemente un visionario que había elaborado leyes que sacarían de la ruina a su país y sin embargo  los incompetentes que lo elegían no las aceptaban. La crisis obligaba a eliminar la raíz del problema, y por esto mismo él proponía deshacerse de todos y cada uno de los habitantes, pero parecía que en realidad a nadie le agradaba tal solución.

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